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Por qué los delincuentes no van a la cárcel: a vueltas con la prisión preventiva.

Hace escasamente dos semanas, una espectacular operación policial de la Ertzaintza ponía en vilo a los vizcaínos. La banda del Kay, aluniceros conocidos del mismo Bilbao, eran detectados tras un intento de robo de los muchos que llevan cometiendo desde hace veinte años, perseguidos por la A8 y cercados en un monte próximo al municipio de Zeberio. Cuentan las crónicas de sucesos que, al verse imposibilitados de seguir su fuga en coche por el camino de cabras en el que se habían metido, salieron del mismo y se enfrentaron a los ertzainas cuchillo en mano teniendo estos que hacer uso disuasorio de sus armas de fuego. Uno de los quinquis fue detenido. Y puesto en libertad al día siguiente. 

La libertad con cargos, ese mantra judicial con el que todos los lunes nos desayunamos tras un fin de semana de navajazos, violaciones, robos y otros delitos de no poca gravedad, es un concepto que, cada vez más, aleja a los jueces de la sociedad a la que dicen servir y esto ya se empieza a traducir en un hartazgo general que ha derivado en manifestaciones de cientos de miles de personas contra sus sentencias (caso de La Manada) o, como poco, en críticas de connivencia, de tener más empatía con el delincuente que con sus víctimas y otras no siempre justas pero que indican no solo ese alejamiento del ciudadano con el juzgador, sino la estupefacción de verse la persona de a pie tan menospreciada y poco protegida por quienes tienen obligación de hacerlo.

Desde que se conociera la noticia, este que escribe estuvo de gira por la práctica totalidad de los medios de comunicación: El Correo, la cadena Ser, Televisión española, Tele5… En todas estas comparecencias, haciéndome eco de lo que también opinan sindicatos policiales, como por ejemplo ErNe, cuyo secretario general Roberto Seijo se manifestó en un sentido muy parecido, intenté hacer llegar al público la desazón de quienes nos dedicamos a la persecución del delito viendo que, una vez tras otra, nuestro trabajo no sirve para nada. Por poner algún ejemplo más, hace un par de meses se detectó en Bilbao un hostal en el que se habían empadronado la nada despreciable cantidad de veinticinco albaneses que venían a saquear pisos como quien viene a la temporada de la vendimia. Quiso la fortuna que un servidor detuviera a varios de ellos en plena faena y los llevara a juicio rápido al día siguiente. La sentencia: un año de cárcel de los de no entrar y a la calle. El fin de semana pasado, dos delincuentes de origen magrebí robaban y violaban, por vía bucal y anal, a un chaval al que, borracho, trasladaron a una lonja para consumar la agresión. Detenido uno de ellos, hoy se halla en libertad. Y así todo. Me imagino a esos ertzainas, de madrugada, entre la bruma, rodeados de oscuridad y tirando monte arriba con la linterna en una mano y la pistola en la otra pensando que de detrás de cualquier árbol puede salir un hijo de la gran puta y dejarlos allí tirados con las tripas esparcidas en el barro. Me imagino a ese joven en los momentos interminables de su violación, pensando si los agresores se van a conformar con aliviarse en él o si lo van a matar para evitar que declare. Me imagino la vida de ese estanquero al que le han robado once veces y ha tenido que levantar el negocio otras tantas. Y me imagino a un juez durmiendo plácidamente en su cama tras poner en libertad a cualquiera de los autores de estos delitos sin plantearse ni por un momento que mañana habrá otra persona cuya vida va a ser arruinada en virtud de su decisión.

No debe imaginar tanto el juez, porque si no, los metería en la cárcel. Porque sí puede, que no nos cuenten monsergas. Existe un concepto en las leyes que es el del arbitrio judicial, el margen de interpretación que tiene el juez para aplicar la norma, y existen también unos requisitos para decretar la prisión preventiva, a saber, riesgo de fuga, peligro de colusión o entorpecimiento del proceso; y riesgo de reiteración delictiva. El tipo de la banda del Kay tenía numerosísimos antecedentes por los mismos delitos, lo que quiere decir, claramente, que existe un altísimo riesgo de reincidencia. Por otro lado, que ese sujeto resida en Bilbao y tenga familia, no elimina necesariamente el riesgo de fuga. Estas son las cosas que pueden interpretarse en un sentido o en otro y que los jueces, invariablemente, inclinan en favor del delincuente y en perjuicio de sus víctimas. Además, lo dije en varias ocasiones, personas que llevan veinte años delinquiendo, que tienen los roles muy bien distribuidos a la hora de actuar y cuya actividad delictiva es absolutamente estable y permanente en el tiempo, no son cuatro aluniceros, sino que constituyen lo que el Código Penal denomina una organización criminal. Organización a la que no se está poniendo coto y que derivará, como lo hacen todas, hacia delitos más graves sin excluir los sangrientos.

Mi opinión, si sirve de algo es que no son las normas las que deben cambiar, sino los valores con los que se aplican. La prudencia, la mesura, la templanza, la equidad, son virtudes de la verdadera justicia. Para alcanzarlas, un juez debe apearse del estrado y darse una vuelta por las calles, hablar con los obreros, las amas de casa, los camareros, los taxistas, con la gente de bien en definitiva, y recapacitar para qué le dieron la toga y dónde está el verdadero bien jurídico a proteger. Porque las garantías lo son para todos, para el delincuente, por supuesto, y para el ciudadano que es su víctima y que hoy, tristemente, está más desprotegido que nunca porque, no las leyes, sino la capacidad de interpretarlas que tienen los jueces ampara más al criminal que a su víctima.

 

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Agresiones a vigilantes de hospitales.

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Como siempre digo en estos ambientes de la seguridad, hay tres tipos de personas en el mundo: los agentes de la autoridad, los ciudadanos de a pie y los vigilantes de seguridad, y aunque la clasificación no pasaría el filtro de la Universidad de Oxford, yo sé por qué lo digo. Las leyes han convertido la figura del vigilante de seguridad en una especie de travestido legal, un híbrido, un ser y no ser que a nadie beneficia. Ni a los vigilantes, por descontado, ni a la propia seguridad de los lugares y personas que protegen. Ni se les reconoce lo primero, ni se benefician de lo segundo. Me explico: Que a un señor se le ponga bajo el mandato del Ministerio de Interior para hacer un trabajo, que se le dote de uniforme, distintivos reglamentarios y unos medios que eventualmente pueden incluir armas de fuego, pero se le niegue el carácter de agente de la autoridad o similar protección jurídica para hacer su labor, es un dislate. Recordemos que bajo la última redacción de la Ley de Seguridad Privada, los vigilantes de seguridad solo ostentan dicha condición en aquellos servicios desplegados en colaboración y a las órdenes de la policía y siempre que sean agredidos con motivo de su desempeño.

“Y tú quién coño eres” es la frase que más oye un vigilante de boca de cualquier burlador de las normas. ¿Paran a uno que no quiere pagar en el metro…? y tú quién coño eres; ¿le dicen a otro que tiene que pagar en caja lo que lleva en la bragueta…? pero bueno, y tú quién coño eres; ¿sugieren que, por favor, no se puede estar treinta y cinco en la habitación de un hospital…? Y tú quién coño eres. Llámenlo desconocimiento normativo, falta de civismo, de educación, de empatía o de lo que quieran, pero así es el día a día en esta profesión.

Aun así, incomprensiblemente, la mayoría opta por hacer su trabajo y, con esta temeraria forma de ver la vida que consiste en anteponer la responsabilidad profesional y la obligación al interés personal, a veces se buscan la ruina. En la empresa y en el Youtube, ese fantástico canal donde cualquiera puede ir televisando en directo las intervenciones de seguridad a la vez que les dan a sus profesionales indicaciones de indudable provecho: “así no hombre, eso no es profesional”, “déjale que se lo lleve, fascista, ¿no ves que igual tiene hambre?”, “¿qué pasa que tú nunca has meado en el tren cuando ibas borracho?”. Cosas que resultan simpáticas y razonables a más de uno que se siente impelido, en consecuencia, a darle al botón de compartir para que vea toda España qué país de pandereta tenemos. Y quizá en esto último no les ha de faltar razón que, siendo la nuestra tierra de bandoleros, a lo mejor es parte de nuestra naturaleza sacar la cara al ladrón antes que al vigilante por aquello de conservar la tradición. Pues eso, lo que decía, que se buscan la ruina, les despiden y generalmente ponen a otro que, o mire para otro lado, o deje que le partan la cara para que luego pueda salir alguien a decir que la violencia es mala venga de donde venga y quede como un señor antes de volverse a encerrar en un despacho. Eso sí, cuando llegan las cifras de pérdidas por hurtos y actos vandálicos, se monta en cólera y se echa, otra vez, la culpa al vigilante esta vez por lo contrario, o sea, por no hacer su trabajo. Para quien no conozca este mundo, así funcionan las cosas aquí.

Un caso particularmente grave es el que atañe a la seguridad en nuestros centros hospitalarios. En los hospitales, recordemos, se dan gravísimos incidentes de seguridad: desde secuestros de bebés a homicidios, pasando por el rescate de presos, también con muertos de por medio, agresiones al personal sanitario y al de seguridad, robos, vandalismo, sabotajes, incendios… No es de recibo que donde así de necesaria es la seguridad, su personal sea tenido por el pito de un sereno. Este artículo no existiría si mi amigo y coautor del mismo, Abel P. Rico, Director de Seguridad, no hubiera tenido la agudeza de dar con una solución legal basada en el artículo 554.2 del Código Penal en el que nadie parece haber reparado y, a mi modo de ver, confiere a los vigilantes una protección casi idéntica a la que disfrutan los funcionarios públicos del mundo sanitario ante las amenazas y agresiones que amenudo sufren.

Al hilo de una agresión en el Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo, en el que el personal de seguridad tuvo que acudir en socorrodel personal sanitario, resultando a su vez lesionados, se mostraba escandalizado por la repetición de estos acontecimientos en el mismo centro. La pregunta/reflexión que se hacía, y que comparto, era la siguiente: Si los funcionarios sanitarios de acuerdo con el Código Penal gozan de una protección legal más amplia que quienes no ostentan tal condición, precisamente por la naturaleza de sus funciones públicas, y si, por tanto, las agresiones y amenazas contra ellos son consideradas delitos de atentado (ver artículos 550 Y 551 del Código Penal), ¿por qué las sufridas por los vigilantes que acuden en su ayuda no lo son también? Efectivamente, el Código Penal, a través del artículo 554.2, castiga también como atentado las agresiones contra las personas que acudan en auxilio de los funcionarios, como evidentemente sucede cuando el personal de seguridad es requerido en auxilio de médicos, enfermeros y otro personal.

Hay que decir que este ejemplo de la combinación de normativas y aplicabilidad del Código Penal para la protección jurídica del personal de seguridad privada operando en los servicios desarrollados en el sector sanitario público no es exclusivo del ámbito sanitario, sino que es perfectamente aplicable a cualquier servicio que se desarrolle en otros ámbitos de dicha Función Pública, siempre, eso sí, que se atienda a la solicitud o requerimiento de auxilio por parte de cualquier funcionario público o autoridad.

Cuando los jueces comenzaron a enviar a prisión a un señor que pegaba al maestro por no aprobar a su hijo o a otro por dar de puñetazos al médico que le negaba la baja, estos delitos bajaron en una gran proporción. Las agresiones a vigilantes van en aumento día tras día y son en parte motivadas por esa idea que se ha vendido a la sociedad de que no son nada, de que, poco más o menos, son unos bestias que, como no tenían otra cosa, se metieron en un oficio en el que basta con empuñar un garrote. Ya me gustaría a mí ver a muchos de los que así piensan estudiando el derecho, la psicología, los temas técnicos y profesionales o pasando las pruebas que tiene que pasar un vigilante para conseguir su tarjeta profesional. Otro compañero mío, politólogo de formación y policía de ocupación, me avanzaba ayer mismo otra interesantísima teoría sobre el equilibrio del orden en las sociedades modernas:

  • ¿Sabes por qué no nos matamos unos a otros hoy día pese a las cada vez más radicalizadas posturas que se ven en todos los sectores?, pues porque nos tienen a nosotros como desahogo. Somos los muñecos del pim-pam-pum a los que se puede tirar piedras, apalear, destrozar los coches o lo que se le ocurra a todo aquel que pierde su trabajo, no tiene casa, o a su familiar no le cura el médico. Y sale barato, porque si el que tira la piedra tuviera enfrente a otro con otra piedra, correría a casa a por un cuchillo y después a por una pistola y luego a por una metralleta. Así empiezan las guerras civiles. Pero nos tienen a nosotros que aguantamos todo porque para eso cobramos.

El “Pumuki” es un delincuente con una lista de antecedentes más larga que el río Amazonas y el otro día, harto de esperar en urgencias del hospital bilbaíno de Cruces, arremetió con su Seat Córdoba contra la puerta de entrada y llegó hasta el mismo mostrador amenazando de muerte a todos los presentes si a su primo no le atendían. Al ser detenido por los vigilantes y puesto a disposición de la Policía Local, era un primor ver la defensa cerrada de toda su parentela intentando arrebatarlo de las manos de los agentes. El “Pumuki”, llamado así porque mide metro y medio, pudo matar a una docena de personas pero milagrosamente no pasó nada.

Convendría repetir que una sociedad que no apoya a quien garantiza la convivencia pacífica está abocada a vivir atemorizada por el crimen y la delincuencia y de eso ya hemos empezado a ver destellos en algunas de nuestras ciudades más principales. Para evitarlo, es necesario dotar de armas legales, que son las verdaderamente efectivas, al personal de seguridad privada. Es muy sencillo, tanto como lo ha sido con otros colectivos que no estaban vinculados a la seguridad pero sí afectados por la falta de ella, como los ya nombrados maestros y sanitarios. Además, la norma está en vigor y sólo falta que los tribunales asuman una interpretación más proteccionista con los que están en el lado de la ley y menos con los que la infringen. Mi amigo Abel es una persona sencilla, profesor de seguridad privada. No usa corbata, es un operativo de seguridad y yo creo que no querría ir a una cena del Consejo General del Poder Judicial pero, qué quieren que les diga, a mí me parece que sus opiniones tienen mucho más fuste que las de la mayoría de jueces de este país. Háganle caso.

Inauguramos canal de vídeo

puA_osperiodistasEs un hecho que el éxito de la comunicación actual reside en gran parte en los medios audiovisuales. Las redes sociales, por su parte, nos facilitan, con un simple teléfono móvil, captar imagen y sonido de la realidad que nos circunda y de esta forma, los ciudadanos han hecho llegar a todo el mundo hechos y sucesos que a veces incluso los gobiernos querían ocultar.

En nuestro Observatorio nos llevábamos tiempo planteando la idea. Muchos de los artículos que aquí se han publicado han roto todos los techos de lectores que imaginábamos y, como una deriva natural, dimos en pensar que si fuéramos capaces de plasmar en formato de video algunas de las cuestiones que abordamos, esto podría ser interesante para el fin último de esta asociación, que no es otro que el de hacer pedagogía sobre el mundo de la seguridad dirigida a la ciudadanía en general.

Sin embargo, no es fácil ponerse ante una cámara, más si esta la sostiene un colega tuyo con más ilusión que técnica, el miedo a no hacerlo con la dignidad y el oficio que estas cosas requieren, está siempre ahí. Y, a pesar de todo, son tantas las cosas que la gente debería saber, tantas las inexactitudes que se escuchan y se ven en algunos medios, tantos los consejos que dar para que la gente pueda sentirse más segura… El hecho es que al final hemos dado el paso y el resultado de nuestro primera experiencia está en el enlace que puede verse al pie de este post.

Nuestro primer trabajo trata una noticia de alcance: la detención de una persona acusada de querer atentar contra el presidente Pedro Sánchez. Evidentemente, llegamos los últimos, ya que el tema ha sido tratado con mucho denuedo por los medios de comunicación tradicionales. Pero lo que nosotros decimos en este pequeño reportaje, no se ha dicho en ningún sitio y esa es la idea que nos anima y nos animará en los siguientes, aportar un enfoque diferente y novedoso para que, como decimos al final, cada cual pueda opinar con criterio y no a base de oídas, informaciones sesgadas u opiniones de tertulia no siempre rigurosas.

Esperamos que nuestro primer vídeo, titulado un poco cinematográficamente “Cómo proteger a un Presidente”, sea del agrado del lector. Si es así, le agradeceríamos que lo compartiera pues el éxito de cualquier canal de comunicación es que llegue al mayor número de personas. Y ahora, póngase cómodo, coja las palomitas y haga clic en el enlace.

Click para ver el vídeo:   Cómo proteger a un Presidente

El día de furia de la Ertzaintza.

66811_630655366951783_23769876_nUn testigo que llora es un mal testigo. Puede que emocione mucho al público, pero cualquier juez dirá que su objetividad en el testimonio está viéndose afectada por sus sentimientos. Un buen testigo, por contra, es el que narra fríamente los hechos que ha visto o conocido por cualquier otro medio que no sea el sentido de la vista.

En el juicio por el triste fallecimiento de Iñigo Cabacas, se vieron hace un par de días las emotivas declaraciones de los de la acusación particular, algunos de ellos entre lágrimas. A lo que parece, el ambiente en el callejón en el que se produjeron los hechos era de fiesta, con niños pequeños incluso, y la Ertzaintza llegó, se bajó y comenzó a disparar. “Parecía que nos estaban fusilando”, ha dicho uno; “disparaban a dar, a matar”, según otro. Incluso algunos de los que declararon en un primer momento que hubo una lluvia de objetos, botellas y vasos, contra las furgonetas de los ertzainas, ahora se desdicen para afirmar que “fue algo muy limitado”, una tormenta de verano como quien dice, de esas que llueve en una acera y en la otra no.

Visto así, parecería que aquel luctuoso día se convirtió en el día de la bestia, un día de furia en el cual todos los ertzainas allí presentes perdieron la cabeza, el tino y la humanidad para disparar contra todo aquello que veían, hombres, mujeres y niños y que, verdaderamente, la suerte quiso que solo fuera uno y no docenas, o cientos, los muertos.

Creer es una cosa muy libre, sobre todo creer sin pruebas. Unos creen en Dios y otros se cagan en él, unos creen que Armstrong dijo aquello del gran paso para la humanidad en la superficie de la Luna y otros que en un estudio expresamente diseñado en Hollywood para engañar a todo el mundo. Por eso yo no creo, al menos hasta que vea las pruebas, que esos testimonios sean objetivos, ni que los ertzainas llegaran aquel día a “fusilar” a los seguidores del Athletic, ni que dispararan a matar, ni que apuntaran a la cabeza de ese pobre chico. No lo creo porque durante mi vida, que ya empieza a ser larga, he conocido, literalmente, a miles de ertzainas, quizás a un par de miles, y no he encontrado jamás a ninguno en que se dieran las características para hacer conscientemente algo así. ¿Saben por qué? Porque para eso se necesita mucho odio. Eso lo hacían las SS, las huestes soviéticas de Stalin y las hordas de Boko Haram. Nadie más. Se necesita, como digo, odio, adoctrinamiento hasta la cosificación absoluta del otro y muchas cosas más que no existen en los países que se hallan en paz. No existen, sencillamente.

Sí creo en cambio que personajes que ya no encuentran acomodo ni influencia en la vida de la sociedad vasca, han cogido este juicio como maná caído del cielo para vengar en la Ertzaintza, cosas que ya todos sabemos. Quienes jaleaban o al menos no condenaban los asesinatos de ciudadanos a bombazos en nuestro pueblo, se erigen en defensores de la vida, simulando apoyar a unos padres que se agarrarían a un clavo ardiendo en su búsqueda de justicia. Esta es mi opinión.

Comprendo la negativa de esos padres a dar todo por zanjado como un simple accidente, que lo fue, porque cuando te matan a un hijo ni hay consuelo, ni perdón para los responsables. Pero deben saber que la muerte de su hijo ha sido instrumentalizada ya sin remedio. Hoy es Cabacas, antes fue Lemoiz, luego la autovía, el antimilitarismo… Causas que pueden ser nobles pero que en manos de alguna gente se llenan de ponzoña sencillamente porque no les interesa de ellas más que el daño que pueden hacer al enemigo ancestral, sea el Estado, el gobierno, la policía, el rival político… Pruebas, señores, pruebas es lo que necesitamos ver y no titulares sensacionalistas ni declaraciones cuyo sesgo denota su procedencia.

No diré que espero que los agentes sean absueltos, habrá sentencia. Sólo digo que el odio que en este país se ha sembrado durante tantos años hace que las cosas se vean en blanco y negro y no con colores ni matices, lo cual considero una gran desgracia porque nos convierte a todos en medio ciegos, no de ojos pero sí de alma. Y en fin, que mi pésame a los padres de Iñigo Cabacas y mi solidaridad a toda la Ertzaintza en estos durísimos momentos.

 

 

¡Respeto!

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Una sociedad avanza y es madura y digna cuando sus símbolos son respetados. Los niños son el símbolo de nuestro futuro, por eso en los países en que sus cuerpos y sus almas son violentados, nadie querría que nacieran los suyos. Las agresiones a mujeres son, al contrario, el símbolo maldito de que una sociedad no es igualitaria, de que los derechos no se aplican más que a la mitad de sus integrantes y, por lo tanto, nada bueno cabe esperar de ella. Y así podríamos seguir enumerando muchos más: educación, sanidad, honradez política… pues donde todo eso marcha debidamente, la vida es mejor.

El símbolo de nuestra seguridad, la de nuestros hijos cuando salen por la calle solos, la de nuestros mayores cuando toman un ascensor en su portal y la de cualquier vecino en general, son los policías que patean las calles y los vigilantes que controlan los transportes, los espectáculos públicos y otros espacios donde, recordemos, ha habido atentados que se han llevado cientos de vidas. ¿Cómo, pues, hemos podido llegar a una situación en que cada vez que un agente interviene en un caso salen más defensores del intervenido que del interviniente? A un Guardia Civil lo han matado esta semana, a mi amigo Fernando le reventaron una mano por ponerla para que no le partieran la cabeza con una hebilla de hierro en el campo de fútbol de San Mamés, a otro compañero le abrieron este verano la cabeza en unas fiestas… y así. Todos ellos pretendían evitar delitos, agresiones a personas, robos, etc. y, siendo justos, cuando esto les pasó una buena parte de la sociedad salió a defenderlos en las redes sociales. El problema no está ahí, en la empatía cibernética, que es gratis y está muy bien pero no es suficiente. Lo que yo desearía, y que aunque aquí nos parezca mentira se da en muchos países que no son este, lo que yo desearía, digo, es que cuando estos profesionales estén actuando, el que mire se abstenga de todo comentario, que contemple la escena si quiere, pero callado. No se puede llegar, so pena de ser un memo, ante una intervención de seguridad y empezar a increpar a los profesionales como si estos no tuvieran otra cosa que hacer antes del bocadillo que identificar o detener a alguien que no ha hecho nada. La sociedad es diversa y esto hace que hoy se intervenga con blancos, negros, amarillos y de todos los colores. También entre los policías y vigilantes los hay.  Y el negro, amarillo o blanco nunca tienen razón o dejan de tenerla por el hecho de ser de un color. Sólo un tonto puede pensar hoy, tal como están las cosas, que un uniformado detiene a un negro porque le tapa la luz o porque el Ku Klux Klan ha extendido sus tentáculos a un país que, como el nuestro, importa una mierda a los de la capucha.

Al grito de abusones, maltratadores y fascistas, tuve que vérmelas no hace demasiado con un personaje en una intervención que pretendía impedir que cuatro jóvenes borrachos y  drogados se partieran la crisma a hostias. Afanados como estábamos en separar, sentar en el suelo y tranquilizar a los dopados menores de edad, no vimos llegar al defensor del pueblo, versión happy flower, hasta que lo tuvimos encima y nos pidió identificaciones, motivos, razones y explicaciones de cuanto allí pasaba, haciéndonos saber de paso que estábamos ante un ciudadano preocupado por la desproporción policial, amén de por los derechos de  los animales, la deforestación del planeta, el veganismo, la globalización y las mentiras de la Nasa sobre la llegada del hombre a la Luna.

Tras varios intentos de convencerlo mediante la palabra para que despejara la zona de intervención, hubo de relevarme un compañero en la tarea pues, agotados ya todos los recursos dialécticos de que dispongo, las ganas de darle un soplamocos me iban mermando la profesionalidad de forma harto alarmante. A este le relevó otro por lo mismo y al final hubo que llamar a una patrulla de refresco que, sin tanta palabrería, le extendió un acta sancionadora por infracción de la Ley de Seguridad Ciudadana al interferir gravemente en una actuación policial. ¿De verdad en esto consiste el ser ciudadano?

Pues les voy a decir, a mi modestísimo juicio, lo que es ser ciudadano en un país civilizado. Un ciudadano es el que, ante la duda, confía en la gente que le cuida y le protege. Un ciudadano es el que no solo no entorpece, sino que colabora como puede en la neutralización de las conductas  incívicas, porque nos perjudican a todos. Un ciudadano es el que admira a quien se juega la vida por los demás y le ofrece apoyo y consuelo en los malos momentos. Todo eso yo lo veo en países a los que viajo y me da envida, mucha envidia y espero que, a base de artículos, charlas y apariciones en los medios que me llamen, algún día pueda convencer a dos o tres personas de las bondades de este proceder frente al habitual que gastamos por aquí. ¿Se imaginan a un policía diciendo que le parece muy sano que partan la cara a un político? Pues eso lo ha dicho un político de la policía. Hasta ese extremo hemos llegado y yo creo que ya es hora de repensarse estas tonterías, que pueden quedar muy bien en un garito de punkies pero flaco favor hacer a la convivencia en paz y armonía que todos deseamos.

Y miren, no es que a mi me gusten todos los aspectos de la llamada Ley Mordaza pero cuando me dijeron que el tipo aquél se había ido con trescientos euros de multa me quedé como un señor, eso tengo que reconocerlo.

Una historia de borrachos o la vergüenza de vestir uniforme.

SatelliteQue un juez no tiene que ser una persona forzosamente brillante es algo que comprobamos a diario. Desde aquellas sentencias que reducían condenas a violadores porque las chicas tenían la falda demasiado corta y a eso a ver quién se resiste, quedó claro que tampoco ha de ser por fuerza persona empática y cercana al sufrimiento de ningún otro ser humano. Algunos creyeron incluso ver en aquellas decisiones la huella indeleble de largos años de estudio en solitario, ajenos a los placeres que definen la juventud, y con el único consuelo de la masturbación, más o menos compulsiva, que podría haber degenerado en misoginia, luego trasladada, ya de mayores, al mundo laboral. No seré yo quien abone estas tesis, sólo les digo lo que he leído por ahí.

El caso que motiva la anterior reflexión arranca de un suceso casi sin importancia en la vida de una ciudad, una pelea de cuatro chavales borrachos en una zona de copas. Allá que llegan los municipales, los otros que siguen dándose mamporros y el agente que golpea a uno de ellos, en una pierna según él, en la cabeza según el borracho peleador. Resultado: Un año de prisión para el agente, 4.200 € de indemnización, dos meses de pérdida de empleo y sueldo, más abogados, costas, etcétera.

Partiendo de la razonable duda que me produce, como profesional de la porra, que sea en el cráneo el primer golpe que un agente administre con esa barra de acero que se conoce como bastón extensible y en cuya formación académica el 90% te lo dedican a decir que jamás se ha de golpear a nadie con él en la cabeza, hay cosas que me preocupan.

La primera, la altísima fiabilidad que tienen siempre los borrachos, los atracadores, los ladrones, los violadores y toda suerte de hijos de puta cuando se trata de rebatir y aún de acusar a los agentes que acuden a frenar sus desmanes. Y su facilidad para irse de rositas haciendo que el pato lo pague el funcionario con el apoyo inestimable del sistema. El que nos ocupa es un caso arquetípico: al juicio comparecen de un lado el agente y sus compañeros, tanto la compañera de patrulla como los refuerzos que acudieron al lugar; de otro el denunciante y resto de implicados, borrachos el día de autos pero que lo recuerdan todo con una lucidez extraordinaria, así como un testigo que ni siquiera se sabe que estuviera allí en el momento de los hechos, más allá de que él o ella dijera que lo estaba. Lo que en el argot se llama un “testigo ful”, vamos. En el tú a tú ante el juez, a diferencia de las películas americanas, aquí pierden los policías, violentos, mentirosos compulsivos, mangantes de poco trabajar y mucho cobrar del peculio de todos, multadores de porque sí, aguadores de fiestas sanas y chuletas paramilitares, como dicen los de Bilbao Konpartsak, esa agrupación de académicos que reciben miles de euros para que todo el Arenal huela a meados una semana al año.

En este caso, además, dos profesionales de nula fiabilidad igualmente, cual son un perito médico y el mismísimo forense del Juzgado, dicen, hay que ver con qué soberbia lo habrán hecho, que la lesión en la cabeza del muchacho es incompatible con un bastón policial. Dos mentecatos, sin duda, a los ojos sabelotodo de un juez, ¿quién son estos destripamuertos para contradecir a cuatro excelsos borrachos de los de Bilbao de toda la vida? Nadie. Ni nada. ¿Cómo va a ser posible que el borracho se haya golpeado él solo contra la pared o el suelo en medio de la trifulca? Quita, quita, el agente es culpable, para que se joda él y aprendan todos los demás a no tocar los huevos. Ni prueba, ni declaración, ni uniforme, ni ejercicio de autoridad pública, ni nada. Culpable.

Qué quieren que les diga, con veinticinco años a la espalda, yo ya he tomado la determinación de no correr detrás de nadie, no vaya a caerse y la tengamos, de retirar todas las multas con una sonrisa amable para que no me den una paliza el día que me vean paseando con mi familia por la calle y de mimetizarme con el asiento del coche patrulla hasta casi desaparecer tras unas gafas de sol. Tanto he perfeccionado la técnica que hay quien cree que me ha tocado la lotería y por eso no me han vuelto a ver  ejerciendo autoridades tan dudosas como las que nos hicieron creer en la Academia que teníamos. No animo a nadie a que lo haga, claro, pero yo, desde que llevo esta política, no he vuelto a tener un problema y sigo cobrando sin quebranto los dos mil euros mensuales de siempre.

Volviendo al tema, el Sr. Alcalde hace poco arengaba a los nuevos policías: “Pedir todo lo que necesitéis, en seguridad no se puede escatimar”. Ignoro si el agente del que hablamos le ha pedido que, además de la condena judicial, le firme una suspensión de dos meses de empleo y sueldo, porque es lo que ha hecho, en persona o por delegación.

No bastaba que le condenaran de forma tan dudosa los jueces, no es suficiente pensar que si este servidor público, en vez de bajarse del coche camuflado, hubiera seguido conduciendo y mirando para otro lado, no habría sufrido este calvario, no. Había que meterle el estoque hasta la bola. Ante la duda, leña. “Pedir todo lo que necesiteissssss…”, qué pésima copia del talante de su predecesor Azkuna. Mire Alcalde, esta gente necesita respeto en general, apoyo de su institución, que tengan ustedes, los políticos, la valentía de ante la duda poner la mano en el fuego por ellos y, esa es otra, más y mejores medios para defendernos a todos los ciudadanos de los delitos que un año más siguen subiendo de forma galopante en la ciudad. Este agente local que, le repito, pudiendo haber cerrado los ojos porque iba de paisano y nadie se iba a enterar, decidió actuar para impedir un ilícito penal, necesita además 23.000 euros para sufragar los gastos de la indemnización, de los abogados, de las costas judiciales y de los dos meses que se le han chuleado. Los necesita porque, como nos pasa a muchos, es él el único que lleva dinero a su familia, y porque tiene dos hijas, una con una minusvalía del 80%, que le van a preguntar por qué no va a trabajar esos días. Los necesita también, creo, para que siga pensando que merece la pena arriesgar el físico por los demás y que su trabajo es todavía una profesión digna y con sentido dentro de la comunidad.

Sus compañeros, en uno de esos escasos gestos que a algunos nos alivian un poco la vergüenza de llevar un uniforme en estos tiempos, han abierto una colecta. Yo mañana hago mi ingreso. Sr. Aburto, ¿qué va a hacer usted?

Nota:  El número de cuenta habilitado por el Sindicato Vasco de Policía es el siguiente:  ES90-2095 0436 00 9103375087.

Euskadi en fiestas. Algunas cuestiones de seguridad.

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Hurtos, agresiones sexuales, daños, accidentes… ¿Pasa tanto como dicen en las fiestas que durante todo el verano se suceden por toda nuestra geografía? La verdad es que no, pero lo que pasa es importante. Una sola agresión sexual estadísticamente es un éxito, socialmente un fracaso e individualmente una desgracia para quien la sufre.

Desde esta perspectiva es desde la que afrontamos un nuevo número de Punto Crítico con el análisis, o el comentario quizá estaría mejor dicho, de algunas de las cosas que han pasado durante este mes en los recintos festivos. No somos un medio de comunicación, ni disponemos de datos en tiempo real que se nos hagan llegar desde las agencias de noticias, ni tampoco nos convocan a ruedas de prensa ni cosa parecida. Nuestra información procede, siempre, de dentro, del que está trabajando en la calle, del que mira y ve lo que pasa, del que está interesado en aportar algo pero carece de la importancia o el nombre suficiente para que sus ideas encuentren eco.

Por este motivo, hablamos solo de lo que conocemos, de los datos que hemos podido recopilar y de lo que hemos contrastado. Faltan muchas cosas, sin duda, pero lo que tenemos nos da para hablar de lo que queremos y para algo todavía más importante: hacer pedagogía de la seguridad. Porque a las fiestas vamos nosotros, nuestros hijos e hijas y porque queremos que sigan acudiendo sin temor a que puedan convertirse, en una noche, de jóvenes alegres en víctimas para toda la vida.

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