Archivo diario: abril 18, 2020

San Francisco blues

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Reza un viejo proverbio chino que cuando una mariposa mueve sus alas, el aleteo puede sentirse al otro lado del mundo. Acaso porque todo lo chino está últimamente muy devaluado, tiendo a pensar que eso no es verdad, al menos no en Bilbao. Aquí no cambian las cosas así como así. Por poner un ejemplo, hace algunos años al Ayuntamiento le pareció una magnífica idea convertir el barrio de San Francisco en una especie de nueva Chueca, barrio guapo, gay friendly y con pretensiones. Hasta allí, por mor de la propaganda institucional, arrastraron a algunos hipsters, tan barbados como ingenuos, a montar negocios de reparaciones de bicis vintage, hostales para jóvenes turistas con poco dinero y muchas ganas de aventura, restaurantes masterchéficos, etc. Hubo hasta quien, viéndose ya en la portada del Architectural Review compró piso, lo decoró a la última y fijó allí su residencia. La cosa pintaba bien y hubiera ido a mejor sin las violaciones, agresiones homófobas, robos a cuchillo y tráfico de drogas más propios de favela carioca que de un Bilbao que pretendía asomarse a la modernidad de manera decidida.

Olvidó el Ayuntamiento que las cosas no salen gratis ni se vuelve buena la gente mala porque lo diga el Alcalde. Al contrario, los cambios drásticos, pues drástico era cambiar el barrio de las putas, las mafias y la droga por una zona donde uno quisiera ver crecer a sus hijos, salen muy caros. Por lo pronto, hay que invertir. Pero es que, además, hay que sacar a la chusma. Acabar con las mafias, perseguir la prostitución forzoda, terminar con el mercado de la droga, desahuciar a los ocupantes violentos de inmuebles enteros que atemorizan a los cuatro ancianos que no han tenido la oportunidad de escapar de la ratonera que conforman las calles San Francisco y Cortes, la Palanca, como le decimos aquí. Sean blancos o negros, que la lucha contra el crimen no entiende de colores. Pero no se hizo. No se hizo porque la cobardía y la pusilanimidad se enseñorean de la política bilbaína desde hace décadas. Si el mafioso es negro, ojito; si musulmán, cuidado; si polaco, rumano, boliviano o del coño de la Bernarda, siempre hay una excusa para no intervenir. Y así, sin sentirlo, la etiqueta “friendly” se fue cayendo de las revistas gay, los turistas menos ingenuos prefieren alojarse en otros puntos de la ciudad y el barrio volvió a caer en un pozo de mierda, delincuencia y degradación.

Y créanme que lo siento. Ninguna ciudad, menos la mía, merece semejante lacra. Ningún vecino, menos los míos, deberían vivir con miedo. Me parte el alma ver a esas parejas de viejitos acobardados ante gentuza que, un día sí y otro también, protagonizan agresiones, reyertas a navajadas, amenazas y cuantas tropelías son del uso de las mafias y grupos criminales que se han adueñado del barrio. Un barrio en el centro de Bilbao, con excelentes accesos y comunicaciones, una bicoca para ser lo que es, centro neurálgico del tráfico de drogas, escondite de mangantes de toda laya y donde, que yo sepa, no se pelean los políticos por ir a vivir.

Y frente a toda esto, a esta bazofia, intentando contener la basura, ayudando en estos tiempos a los mayores a subir la compra por una escalera infestada de coronavirus y jeringuillas, la Policía Local y la Ertzaintza, los nuestros, los buenos. El otro día detuvieron a un tipo recalcitrante en pasarse el estado de alarma por el forro de sus cojones y, de paso, a su señora madre por intentar activamente impedir la detención del hijo. Una vecina lo grabó todo y lo subió a las redes sociales para ilustrarnos de lo racistas que somos todos menos ella. La realidad es que, aparte de saltarse el confinamiento, el tipejo insistía en acercarse amenazadoramente a los agentes, llegó a escupirles a la cara y, para más inri, le encontraron encima una serie de tarjetas de crédito, ninguna a su nombre. Quizás se las hubieran prestado algunos probos bilbaínos para que de ellas hiciera el uso comedido que se supone entre gentes de alta alcurnia y conducta intachable. De sus antecedentes nada se ha dicho, que eso es cosa personal y muy secreta, pero tengo la sospecha de que los del Lute queden a su lado a la altura de una riña de colegio. Es lo que tiene llevar casi treinta años en la calle, que uno está ya prejuicioso.

¿Me creerán si les digo que la primera reacción de algunos vecinos fue la de llamar racistas, arrojar objetos desde las ventanas a los policías y colgar sus imágenes en todas las redes sociales con insultos y amenazas? Sí, claro que me creen si son ustedes de aquí, porque saben de lo que les estoy hablando.  ¿Lo harán si les afirmo que la primera reacción de su más alta jefatura, la de los ertzainas, fue anunciar a bombo y platillo una investigación contra los agentes? Esto es ya más difícil si es usted persona cabal y sensata, o sea, normal. Pero solo porque no conocen la administración policial a esos niveles. Nidos de enchufados partidarios, más preocupados de pasar desapercibidos para seguir acumulando galones que de proteger a los hombres y mujeres que día a día se juegan el tipo para que ellos reciban las medallas. Jefes y jefas que no tienen agallas para enfrentar a políticos que les piden que miren a otro lado cuando las noticias negativas les pueden acarrear la crítica de una ciudadanía harta de sufrir el delito en sus carnes. El grupo 4 de la Ertzaintza de Bilbao, operativo en San Francisco, acumula más contagios que ningún otro por Covid-19 precisamente porque en ese barrio el confinamiento es una quimera. Y tienen que ver cómo sus jefes comparecen en rueda de prensa para hacer lo peor que se puede hacer, expandir la duda sobre la honorabilidad de unos trabajadores públicos intachables sin datos, a bote pronto, sin siquiera molestarse en hablar con ellos o esperar a que confeccionen los informes de sus actuaciones.

Y en medio de todo, una asociación apesebrada en el ayuntamiento, con buenas subvenciones y mucho bombo mediático debido a un nombre excelentemente elegido, SOS Racismo, al que no hacen honor porque no luchan por la igualdad, sino contra la policía y el sistema, utilizando el racismo como excusa. Jamás han criticado una violación a una mujer, ni una paliza a un chico homosexual, ni la extorsión sistemática a personas de la tercera edad que ya no se atreven a pisar su calle. A raíz de la detención de ese sujeto, han sacado un manifiesto suscrito por uno o dos millones de asociaciones existentes, al parecer, en el barrio y de las que nadie ha oído hablar jamás, como por ejemplo: Bilbo Reggae Skins, Feministas por Nicaragua de Euskal Herria o La Posada de los Abrazos. Al lado de estas entidades fantasma, los tirapiedras de siempre, nostálgicos del fascismo etarra y el sindicato ELA (me caigo muerta), mayoritario en la Policía Local de Bilbao.

ELA, el sindicato de país, el más cercano a los postulados del gobierno vasco y del consistorio bilbaíno, cagándose en las instituciones, firmando contra su gente, avalando la versión de que el racismo y la xenofobia forman parte del ADN de los policías vascos, mostrando su acuerdo en que los agentes que les votan cada cuatro años son acosadores de todo aquel que lleva la piel tintada, que amenazan y agreden sin miramiento a los pobladores de un barrio pacífico donde todos son buena gente, solo que de otras etnias. ELA sumándose a Ernai, a LAB, a los que defendieron el asesinato de bilbaínos en las calles, el coche bomba y el secuestro. Creo, me lo han contado, que ayer tuvieron reunión de delegados y se montó la gorda con amenazas incluidas de abandonar el sindicato por parte de algunos. Al final, sacaron un comunicado pidiendo disculpas a la afiliación con el que se lavan la cara hasta la próxima. De nombres, de responsabilidades, por supuesto de bajas, nada de nada. Parece que ser sindicalista de ELA aún rinde beneficios y que todavía persiste en parte de su afiliación la idea de que hay que estar donde se corta el bacalao, donde te pueden echar una mano en una oposición o donde, por lo menos, nunca te van a mirar mal si buscas un ascenso. Así están las cosas, señores, hagan juego.

Pongamos aquí el punto final y no porque no haya más que decir, sino porque no conviene a la salud de uno seguir acumulando bilis. Pero todo esto lo resumo en dos ideas que, para mí son verdades absolutas: la primera que, nos digan lo que nos digan, San Francisco sigue sin encontrar un motivo para la esperanza. La segunda que, lejos de ser una mancha en el expediente, hoy día es un honor no ascender en la policía porque eso significará que nunca traicionaste lo que juraste defender.