“¿Por qué hay tantas manadas?” o el periodismo con mayúsculas.

menasNo quisiera dármelas de visionario, pero tenía yo razón, la tuve siempre. De hecho, tener la razón en este asunto no tiene el menor mérito porque estábamos en posesión de ella la mayoría de los ciudadanos normales y corrientes. Los que pensábamos que sí, que había una vinculación entre determinados delitos y algunas nacionalidades de procedencia de sus autores y también los que estábamos seguros de que la mayoría de psicópatas iban a reincidir y que acortarles la pena en base a cuatro cursillos de mierda era un gran error. Por eso, en mis modestas posibilidades, he defendido allá donde he podido, que son menos sitios de los que me hubiera gustado, las bondades de la pena de prisión permanente revisable y la modificación de un sistema de acogida que fomenta en gran medida la marginalidad y la delincuencia de jóvenes desarraigados llegados de otras latitudes.

Creo que es la primera vez que veo publicadas, blanco sobre negro, las palabras que, entrecomilladas, van a leer a continuación:

“Entre los delincuentes hay depredadores de todo tipo, tanto nacionales como extranjeros, existe entre ellos un porcentaje muy alto de inmigrantes descontrolados, con culturas y formas de vida muy distintas a la nuestra. Euskadi, como el conjunto de España, se enfrenta al desafío de asumir y afrontar las consecuencias de una inmigración «muy, muy machista», con una concepción «cosificada» de la mujer y que procede sobre todo de El Magreb, Europa del Este y Sudamérica.” (El Correo, 11 de agosto de 2019).

Cuando un porcentaje del 1,5% de la población comete más del 50% de los delitos, hay que hacérselo mirar, como también tenemos que mirarnos nosotros para tratar de reprimir los delitos autóctonos, a cuya raíz también apunta el mencionado artículo de El Correo:

«Hay en la sociedad en general una falta de valores humanos, de ética y sentido de la vida que explica, en parte, lo que está sucediendo».

«Hemos dejado de transmitirlos porque parece que todo lo relativo a valores tiene ese tufillo judeocristiano y de religión que hemos denostado; y todo esto no es una cuestión religiosa, sino de ética y convivencia».

«Este es el mundo en que vivimos: la población asiste al drama como un espectador más, si acaso lo graba con el móvil y lo comenta en el postre. ‘Pobre chica’, dirán, pero que no se les moleste, que están de vacaciones».

No creo que haya mucho más que decir sobre el particular. Todos sabían lo que pasaba. Lo sabían los medios de comunicación que, interesados, ocultaban, hasta ahora, de manera inaudita en democracia, hechos incontestables; lo sabían los políticos que preferían hacer un minuto de silencio por una chica violada, que emplear jornadas largas y esfuerzos ímprobos en adoptar las decisiones enérgicas que los momentos de crisis social reclaman; lo sabían los responsables de un sistema de ayuda social sin alma que dice acoger a los menores no acompañados pero que, en una patética dejación de sus deberes de tutela y patria potestad, ni les obliga a estudiar, ni a cumplir normas, ni a nada y que les expulsa de su manto protector una vez llegan a la mayoría de edad para que vivan pudriéndose en las calles llenos de rabia y resentimiento. ¿De verdad acoger es esto? No lo creo.

Respecto del otro tema, el de la personalidad psicopática de la mayoría de líderes de estas jaurías de depredadores sexuales, también habla, por boca de un psiquiatra, este magnífico artículo del diario El Correo:

“Por norma general, no hay terapia ni cárcel que recupere a un psicópata, especialmente cuando se trata de un delincuente sexual. Al menos un tercio de los depredadores del sexo tienen una personalidad psicopática. «Es imposible cambiarles la conducta. Como no tienen conciencia de su problema, no ven necesidad de rehabilitación», explica el especialista vitoriano. Son casos perdidos”.

Y como son casos perdidos, lo mejor es que no salgan o que lo hagan cuanto más tarde mejor y con los controles y garantías necesarios para que los demás, los que no hemos roto nunca un plato y pagamos de nuestro bolsillo todo lo que aquí se gasta, incluidas las prisiones y los albergues, no tengamos que ir al depósito de cadáveres a identificar a nuestra hija adolescente porque un mal día salió de fiesta o se le ocurrió la estúpida idea de quedar por internet con alguien al que no conocía y que le regaló el oído como había visto que hacían los chicos más simpáticos del Hombres, Mujeres y Viceversa.

Muchas gracias Fermín Apezteguia, autor del artículo, por tu valentía al escribirlo y por recuperar el espíritu del periodismo verdadero, el que no mama de ninguna ubre, ni se debe a nadie más que a los lectores. El periodismo con mayúsculas.

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