Archivo mensual: octubre 2018

El día de furia de la Ertzaintza.

66811_630655366951783_23769876_nUn testigo que llora es un mal testigo. Puede que emocione mucho al público, pero cualquier juez dirá que su objetividad en el testimonio está viéndose afectada por sus sentimientos. Un buen testigo, por contra, es el que narra fríamente los hechos que ha visto o conocido por cualquier otro medio que no sea el sentido de la vista.

En el juicio por el triste fallecimiento de Iñigo Cabacas, se vieron hace un par de días las emotivas declaraciones de los de la acusación particular, algunos de ellos entre lágrimas. A lo que parece, el ambiente en el callejón en el que se produjeron los hechos era de fiesta, con niños pequeños incluso, y la Ertzaintza llegó, se bajó y comenzó a disparar. “Parecía que nos estaban fusilando”, ha dicho uno; “disparaban a dar, a matar”, según otro. Incluso algunos de los que declararon en un primer momento que hubo una lluvia de objetos, botellas y vasos, contra las furgonetas de los ertzainas, ahora se desdicen para afirmar que “fue algo muy limitado”, una tormenta de verano como quien dice, de esas que llueve en una acera y en la otra no.

Visto así, parecería que aquel luctuoso día se convirtió en el día de la bestia, un día de furia en el cual todos los ertzainas allí presentes perdieron la cabeza, el tino y la humanidad para disparar contra todo aquello que veían, hombres, mujeres y niños y que, verdaderamente, la suerte quiso que solo fuera uno y no docenas, o cientos, los muertos.

Creer es una cosa muy libre, sobre todo creer sin pruebas. Unos creen en Dios y otros se cagan en él, unos creen que Armstrong dijo aquello del gran paso para la humanidad en la superficie de la Luna y otros que en un estudio expresamente diseñado en Hollywood para engañar a todo el mundo. Por eso yo no creo, al menos hasta que vea las pruebas, que esos testimonios sean objetivos, ni que los ertzainas llegaran aquel día a “fusilar” a los seguidores del Athletic, ni que dispararan a matar, ni que apuntaran a la cabeza de ese pobre chico. No lo creo porque durante mi vida, que ya empieza a ser larga, he conocido, literalmente, a miles de ertzainas, quizás a un par de miles, y no he encontrado jamás a ninguno en que se dieran las características para hacer conscientemente algo así. ¿Saben por qué? Porque para eso se necesita mucho odio. Eso lo hacían las SS, las huestes soviéticas de Stalin y las hordas de Boko Haram. Nadie más. Se necesita, como digo, odio, adoctrinamiento hasta la cosificación absoluta del otro y muchas cosas más que no existen en los países que se hallan en paz. No existen, sencillamente.

Sí creo en cambio que personajes que ya no encuentran acomodo ni influencia en la vida de la sociedad vasca, han cogido este juicio como maná caído del cielo para vengar en la Ertzaintza, cosas que ya todos sabemos. Quienes jaleaban o al menos no condenaban los asesinatos de ciudadanos a bombazos en nuestro pueblo, se erigen en defensores de la vida, simulando apoyar a unos padres que se agarrarían a un clavo ardiendo en su búsqueda de justicia. Esta es mi opinión.

Comprendo la negativa de esos padres a dar todo por zanjado como un simple accidente, que lo fue, porque cuando te matan a un hijo ni hay consuelo, ni perdón para los responsables. Pero deben saber que la muerte de su hijo ha sido instrumentalizada ya sin remedio. Hoy es Cabacas, antes fue Lemoiz, luego la autovía, el antimilitarismo… Causas que pueden ser nobles pero que en manos de alguna gente se llenan de ponzoña sencillamente porque no les interesa de ellas más que el daño que pueden hacer al enemigo ancestral, sea el Estado, el gobierno, la policía, el rival político… Pruebas, señores, pruebas es lo que necesitamos ver y no titulares sensacionalistas ni declaraciones cuyo sesgo denota su procedencia.

No diré que espero que los agentes sean absueltos, habrá sentencia. Sólo digo que el odio que en este país se ha sembrado durante tantos años hace que las cosas se vean en blanco y negro y no con colores ni matices, lo cual considero una gran desgracia porque nos convierte a todos en medio ciegos, no de ojos pero sí de alma. Y en fin, que mi pésame a los padres de Iñigo Cabacas y mi solidaridad a toda la Ertzaintza en estos durísimos momentos.

 

 

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¡Respeto!

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Una sociedad avanza y es madura y digna cuando sus símbolos son respetados. Los niños son el símbolo de nuestro futuro, por eso en los países en que sus cuerpos y sus almas son violentados, nadie querría que nacieran los suyos. Las agresiones a mujeres son, al contrario, el símbolo maldito de que una sociedad no es igualitaria, de que los derechos no se aplican más que a la mitad de sus integrantes y, por lo tanto, nada bueno cabe esperar de ella. Y así podríamos seguir enumerando muchos más: educación, sanidad, honradez política… pues donde todo eso marcha debidamente, la vida es mejor.

El símbolo de nuestra seguridad, la de nuestros hijos cuando salen por la calle solos, la de nuestros mayores cuando toman un ascensor en su portal y la de cualquier vecino en general, son los policías que patean las calles y los vigilantes que controlan los transportes, los espectáculos públicos y otros espacios donde, recordemos, ha habido atentados que se han llevado cientos de vidas. ¿Cómo, pues, hemos podido llegar a una situación en que cada vez que un agente interviene en un caso salen más defensores del intervenido que del interviniente? A un Guardia Civil lo han matado esta semana, a mi amigo Fernando le reventaron una mano por ponerla para que no le partieran la cabeza con una hebilla de hierro en el campo de fútbol de San Mamés, a otro compañero le abrieron este verano la cabeza en unas fiestas… y así. Todos ellos pretendían evitar delitos, agresiones a personas, robos, etc. y, siendo justos, cuando esto les pasó una buena parte de la sociedad salió a defenderlos en las redes sociales. El problema no está ahí, en la empatía cibernética, que es gratis y está muy bien pero no es suficiente. Lo que yo desearía, y que aunque aquí nos parezca mentira se da en muchos países que no son este, lo que yo desearía, digo, es que cuando estos profesionales estén actuando, el que mire se abstenga de todo comentario, que contemple la escena si quiere, pero callado. No se puede llegar, so pena de ser un memo, ante una intervención de seguridad y empezar a increpar a los profesionales como si estos no tuvieran otra cosa que hacer antes del bocadillo que identificar o detener a alguien que no ha hecho nada. La sociedad es diversa y esto hace que hoy se intervenga con blancos, negros, amarillos y de todos los colores. También entre los policías y vigilantes los hay.  Y el negro, amarillo o blanco nunca tienen razón o dejan de tenerla por el hecho de ser de un color. Sólo un tonto puede pensar hoy, tal como están las cosas, que un uniformado detiene a un negro porque le tapa la luz o porque el Ku Klux Klan ha extendido sus tentáculos a un país que, como el nuestro, importa una mierda a los de la capucha.

Al grito de abusones, maltratadores y fascistas, tuve que vérmelas no hace demasiado con un personaje en una intervención que pretendía impedir que cuatro jóvenes borrachos y  drogados se partieran la crisma a hostias. Afanados como estábamos en separar, sentar en el suelo y tranquilizar a los dopados menores de edad, no vimos llegar al defensor del pueblo, versión happy flower, hasta que lo tuvimos encima y nos pidió identificaciones, motivos, razones y explicaciones de cuanto allí pasaba, haciéndonos saber de paso que estábamos ante un ciudadano preocupado por la desproporción policial, amén de por los derechos de  los animales, la deforestación del planeta, el veganismo, la globalización y las mentiras de la Nasa sobre la llegada del hombre a la Luna.

Tras varios intentos de convencerlo mediante la palabra para que despejara la zona de intervención, hubo de relevarme un compañero en la tarea pues, agotados ya todos los recursos dialécticos de que dispongo, las ganas de darle un soplamocos me iban mermando la profesionalidad de forma harto alarmante. A este le relevó otro por lo mismo y al final hubo que llamar a una patrulla de refresco que, sin tanta palabrería, le extendió un acta sancionadora por infracción de la Ley de Seguridad Ciudadana al interferir gravemente en una actuación policial. ¿De verdad en esto consiste el ser ciudadano?

Pues les voy a decir, a mi modestísimo juicio, lo que es ser ciudadano en un país civilizado. Un ciudadano es el que, ante la duda, confía en la gente que le cuida y le protege. Un ciudadano es el que no solo no entorpece, sino que colabora como puede en la neutralización de las conductas  incívicas, porque nos perjudican a todos. Un ciudadano es el que admira a quien se juega la vida por los demás y le ofrece apoyo y consuelo en los malos momentos. Todo eso yo lo veo en países a los que viajo y me da envida, mucha envidia y espero que, a base de artículos, charlas y apariciones en los medios que me llamen, algún día pueda convencer a dos o tres personas de las bondades de este proceder frente al habitual que gastamos por aquí. ¿Se imaginan a un policía diciendo que le parece muy sano que partan la cara a un político? Pues eso lo ha dicho un político de la policía. Hasta ese extremo hemos llegado y yo creo que ya es hora de repensarse estas tonterías, que pueden quedar muy bien en un garito de punkies pero flaco favor hacer a la convivencia en paz y armonía que todos deseamos.

Y miren, no es que a mi me gusten todos los aspectos de la llamada Ley Mordaza pero cuando me dijeron que el tipo aquél se había ido con trescientos euros de multa me quedé como un señor, eso tengo que reconocerlo.