Archivo mensual: septiembre 2018

Una historia de borrachos o la vergüenza de vestir uniforme.

SatelliteQue un juez no tiene que ser una persona forzosamente brillante es algo que comprobamos a diario. Desde aquellas sentencias que reducían condenas a violadores porque las chicas tenían la falda demasiado corta y a eso a ver quién se resiste, quedó claro que tampoco ha de ser por fuerza persona empática y cercana al sufrimiento de ningún otro ser humano. Algunos creyeron incluso ver en aquellas decisiones la huella indeleble de largos años de estudio en solitario, ajenos a los placeres que definen la juventud, y con el único consuelo de la masturbación, más o menos compulsiva, que podría haber degenerado en misoginia, luego trasladada, ya de mayores, al mundo laboral. No seré yo quien abone estas tesis, sólo les digo lo que he leído por ahí.

El caso que motiva la anterior reflexión arranca de un suceso casi sin importancia en la vida de una ciudad, una pelea de cuatro chavales borrachos en una zona de copas. Allá que llegan los municipales, los otros que siguen dándose mamporros y el agente que golpea a uno de ellos, en una pierna según él, en la cabeza según el borracho peleador. Resultado: Un año de prisión para el agente, 4.200 € de indemnización, dos meses de pérdida de empleo y sueldo, más abogados, costas, etcétera.

Partiendo de la razonable duda que me produce, como profesional de la porra, que sea en el cráneo el primer golpe que un agente administre con esa barra de acero que se conoce como bastón extensible y en cuya formación académica el 90% te lo dedican a decir que jamás se ha de golpear a nadie con él en la cabeza, hay cosas que me preocupan.

La primera, la altísima fiabilidad que tienen siempre los borrachos, los atracadores, los ladrones, los violadores y toda suerte de hijos de puta cuando se trata de rebatir y aún de acusar a los agentes que acuden a frenar sus desmanes. Y su facilidad para irse de rositas haciendo que el pato lo pague el funcionario con el apoyo inestimable del sistema. El que nos ocupa es un caso arquetípico: al juicio comparecen de un lado el agente y sus compañeros, tanto la compañera de patrulla como los refuerzos que acudieron al lugar; de otro el denunciante y resto de implicados, borrachos el día de autos pero que lo recuerdan todo con una lucidez extraordinaria, así como un testigo que ni siquiera se sabe que estuviera allí en el momento de los hechos, más allá de que él o ella dijera que lo estaba. Lo que en el argot se llama un “testigo ful”, vamos. En el tú a tú ante el juez, a diferencia de las películas americanas, aquí pierden los policías, violentos, mentirosos compulsivos, mangantes de poco trabajar y mucho cobrar del peculio de todos, multadores de porque sí, aguadores de fiestas sanas y chuletas paramilitares, como dicen los de Bilbao Konpartsak, esa agrupación de académicos que reciben miles de euros para que todo el Arenal huela a meados una semana al año.

En este caso, además, dos profesionales de nula fiabilidad igualmente, cual son un perito médico y el mismísimo forense del Juzgado, dicen, hay que ver con qué soberbia lo habrán hecho, que la lesión en la cabeza del muchacho es incompatible con un bastón policial. Dos mentecatos, sin duda, a los ojos sabelotodo de un juez, ¿quién son estos destripamuertos para contradecir a cuatro excelsos borrachos de los de Bilbao de toda la vida? Nadie. Ni nada. ¿Cómo va a ser posible que el borracho se haya golpeado él solo contra la pared o el suelo en medio de la trifulca? Quita, quita, el agente es culpable, para que se joda él y aprendan todos los demás a no tocar los huevos. Ni prueba, ni declaración, ni uniforme, ni ejercicio de autoridad pública, ni nada. Culpable.

Qué quieren que les diga, con veinticinco años a la espalda, yo ya he tomado la determinación de no correr detrás de nadie, no vaya a caerse y la tengamos, de retirar todas las multas con una sonrisa amable para que no me den una paliza el día que me vean paseando con mi familia por la calle y de mimetizarme con el asiento del coche patrulla hasta casi desaparecer tras unas gafas de sol. Tanto he perfeccionado la técnica que hay quien cree que me ha tocado la lotería y por eso no me han vuelto a ver  ejerciendo autoridades tan dudosas como las que nos hicieron creer en la Academia que teníamos. No animo a nadie a que lo haga, claro, pero yo, desde que llevo esta política, no he vuelto a tener un problema y sigo cobrando sin quebranto los dos mil euros mensuales de siempre.

Volviendo al tema, el Sr. Alcalde hace poco arengaba a los nuevos policías: “Pedir todo lo que necesitéis, en seguridad no se puede escatimar”. Ignoro si el agente del que hablamos le ha pedido que, además de la condena judicial, le firme una suspensión de dos meses de empleo y sueldo, porque es lo que ha hecho, en persona o por delegación.

No bastaba que le condenaran de forma tan dudosa los jueces, no es suficiente pensar que si este servidor público, en vez de bajarse del coche camuflado, hubiera seguido conduciendo y mirando para otro lado, no habría sufrido este calvario, no. Había que meterle el estoque hasta la bola. Ante la duda, leña. “Pedir todo lo que necesiteissssss…”, qué pésima copia del talante de su predecesor Azkuna. Mire Alcalde, esta gente necesita respeto en general, apoyo de su institución, que tengan ustedes, los políticos, la valentía de ante la duda poner la mano en el fuego por ellos y, esa es otra, más y mejores medios para defendernos a todos los ciudadanos de los delitos que un año más siguen subiendo de forma galopante en la ciudad. Este agente local que, le repito, pudiendo haber cerrado los ojos porque iba de paisano y nadie se iba a enterar, decidió actuar para impedir un ilícito penal, necesita además 23.000 euros para sufragar los gastos de la indemnización, de los abogados, de las costas judiciales y de los dos meses que se le han chuleado. Los necesita porque, como nos pasa a muchos, es él el único que lleva dinero a su familia, y porque tiene dos hijas, una con una minusvalía del 80%, que le van a preguntar por qué no va a trabajar esos días. Los necesita también, creo, para que siga pensando que merece la pena arriesgar el físico por los demás y que su trabajo es todavía una profesión digna y con sentido dentro de la comunidad.

Sus compañeros, en uno de esos escasos gestos que a algunos nos alivian un poco la vergüenza de llevar un uniforme en estos tiempos, han abierto una colecta. Yo mañana hago mi ingreso. Sr. Aburto, ¿qué va a hacer usted?

Nota:  El número de cuenta habilitado por el Sindicato Vasco de Policía es el siguiente:  ES90-2095 0436 00 9103375087.

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